Carta de Luis Mey a Elizabeth Vernaci


Cómo garchar contra la heladera por el culo con manteca sin que queden pendejos en las tostadas de la mañana.
Luis Mey


 
Estaba tratando de relajarme. No quería estar ahí, por bueno que fuera para mí todo eso. Era algo que me pasaba todo el tiempo: no querer estar. Se me quebraba el labio y me subía el asco por el cuello.
Presentaba mi segundo libro, Las garras del niño inútil. Lo había escrito a la vuelta de los viajes en tren y colectivo de las once de la noche. Lo iba recordando, porque no tenía nada de ficción. Me había olvidado de casi todas las locuras de mi viejo, de cuando exorcizaba a mi hermano, de cuando le vaciaba los tallarines calientes en la cabeza a mi hermana, frente a todos.
Bueno, ya estaba escrito, al fin. Era una novela. La gente la compraría, diría cosas, incluso; con suerte, lo comentaría en sus cenas o en la cama para evitar coger al marido o coger a la esposa. Serviría para algo. O no. Pero yo había estado ahí alguna vez. Esa era mi vida. Incluso la parte del perro en que el viejo lo echa porque, si no, nos mataba a todos. Era real. A nadie le importaba demasiado, y me excitaba la idea. Pero si servía para evitar embarazos, yo estaba contento. Aunque era mucho pedir.
La Negra, Elizabeth Vernaci, por suerte, había aceptado colaborar con su refinadísimo lenguaje a que el libro de la editorial, mi texto, se vendiera mejor. Yo no. La gente me mira con desconfianza.
Yo no tenía nada que hacer ahí, pero, aun sin sentir en absoluto que pudiera colaborar en algo, ahí me quedaba. Lo mío era escribir o charlar en privado. Pero estaba ahí parado.
Factotum, la editorial, había puesto plata en eso. Y creía en algo: en mis textos, cuando nadie había creído. A mí mismo me había convencido de ellos.
Para seguir escribiendo, me había ocupado concienzudamente en no creerles ni una palabra. De lo contrario, escribir se puede hacer imposible. Pero Andrea era tan buena. Y tan peligrosa. A veces, la veía actuar y pensaba que podía terminar en una playa caribeña encendiendo puros con billetes o, también, en una cárcel haciendo puñales con la pata de la cama.
La negra no tenía filtro ni en los Phillip Morris, pero tenía corazón. Quería a su hijo y no creía en el matrimonio. Me dan miedo los que creen en el matrimonio. Me dan miedo las arañas y las camisetas de fútbol y los programas de televisión en hora pico. Tinelli no me da miedo: me da asco. Tiene el mapa de Macri, de Goebbels, de Rosas, de Majul y de Sofovich. No sirven para nada, pero la gente los admira. Es el mundo que le queda poco, nada más.
Lorena intervino:
–Que NADIE le pregunte nada a La negra. Se los ruego…
–¿Ni siquiera cómo está?
–¡NADA, PELOTUDO!
–Es que no le gusta salir en público. – Dijo una chica al costado.
–¿Y vos quién sos? –pregunté.
–Diseñadora –y estiró la mano.
–¿De qué? –quise saber. Estaba buena, pero parecía retrasada mental o, peor, parecía creer que siempre estaría buena. Y lo cierto era que ya tenía que ir pensando en un choto de goma para no asustarse el día de mañana.
Uno no puede ir por la vida diciéndole estas cosas a la gente. Me iba pésimo con eso. Pero a la Vernaci le salía bien. Y educaba. Se suponía que estaba por llegar.
–¿Qué me dijiste? –preguntó ofendidísima la diseñadora, de repente.
–¿Qué? No dije nada. Estaba pensando…
–¡Andrea! –gritó, de repente.
–¿Qué pasa? ¿Qué pasa?
–¡TU ESCRITOR DE MIERDA ME DIJO QUE ME COMPRE UNA PIJA DE PLASTICO!
–¿Eh…?
Estaba seguro de no haber dicho nada, pero ese era yo. Y me había dado muchas sorpresas como esa.
Lorena se acercó para contenerla porque, claro, la diseñadora había entrado en crisis. La mayoría colaboraba. Yo mismo colaboraba en eso: la escritura no da un peso. Pero es peor que el paco. No puedo dejarla. Creí que el porno iba a lograr desviarme. Y casi lo logra, casi lo logra cada noche, pero después de un par de pajotas vuelvo al teclado con la radio de fondo.
Lorena la sacó de la librería. Andrea me miró, seria.
–Luis…
–Yo no dije nada.
–Se puso así por algo. Te conozco…
–Pude haber hablado en voz alta, pero solamente quise pensarlo.
–¿Sabés qué es lo peor?
–¿Qué?
–A esa chica…
–Ahá…
–Le gustabas. Vino acá por vos… Quería conocerte…
–No…
–Sí.
–Me cago en la concha madre…
¿Para qué seguía escribiendo? Bueno, algo pasó cuando quise pensar. Siempre pasaba algo si uno estaba atento. Y siempre pasaba algo que no interesaba si uno estaba parado en cualquier lado. Lo importante era no creer que algo importante sucedería. Hasta que pasó.
La negra ya estaba en la librería, bien custodiada por los cacos de mi barrio. No estaba nerviosa, apenas un poco distante.
Empezamos a hablar en una mesa con mantel –qué puto parece el ambiente del libro – sobre las cosas de las tramas y demás mentiras, pero, por supuesto, terminamos hablando de otra cosa.
De los problemas de la cama y de cómo garchar contra la heladera por el culo con manteca sin que queden pendejos en las tostadas de la mañana.
Eso, me di cuenta, sucedería si aceptara cordialmente ser parte de la presentación de este nuevo libro, “Las garras del niño inútil”, historia de mi infancia y adolescencia y de mi viejo y de mi hermano y de mi vieja y de mi barrio y de los ochenta sin un mango. Estaría bueno. Hasta podría parecerse a la idea de un buen rato.

Factotum ediciones 08/09/ 2010

1 comentario:

JRamallo dijo...

Saludos desde Canarias, sintiéndome más cerca de ustedes que de todos los que aquí me rodean.
Los enlazo a mi blog